Invierno Muhammad Al Magut Traducción de María Luisa Prieto
Como lobos en una estación seca Germinamos por todas partes Amando la lluvia, Adorando el otoño. Un día incluso pensamos en mandar Una carta de agradecimiento al cielo Y en lugar de un sello Pegarle Una hoja de otoño. Creíamos que las montañas se desvanecerían, Los mares se desvanecerían, Las civilizaciones se desvanecerían Pero permanecería el amor. De pronto nos separamos: A ella le gustan los grandes sofás Y a mí me gustan los grandes barcos, A ella le gusta susurrar y suspirar en los cafés Y a mí me gusta saltar y gritar en las calles. A pesar de todo Mis brazos se abren al universo Esperándola.
Entonces el celular sonó otra vez y contesté, pero antes, me di cuenta que el tono no era el mismo. Tiré el celular a la cama y recordé, como un pequeño niño, que dejé la ducha encendida.
Mientras el interlocutor gritaba Hola, hola, contesta, me dispuse a terminar el trabajo no terminado. Rebobiné la cinta de mi radio y la coloqué justo en la canción que me recordaba a Ella. Fue sencillo. La detuve donde quise y puse Play.
Los acordes comenzaron la melodía. Y sí, recordé también que había dejado el jaboncillo en el suelo. Lo recordé porque cuando volví ya no había jaboncillo. Con la mano, recogí lo poco que quedó luego de mi pequeña odisea y lo unté en mi cuerpo como si fuese mantequilla.
Al terminar de lavarme los pies, levanté la mirada, y vi que alguien estaba allí también.
Era yo.
Moví un poco la cabeza nuevamente. Estaba vestido con la ropa que había dejado al lado de la radio. Había olvidado el cinturón, pero eso no tenía importancia. Habría hecho lo mismo.
Se lavaba los dientes, se miraba al espejo, justo como yo lo hacia - es algo lógico, pero como no había dicho esto antes, pues era hora de hacerlo. Levantó la mirada y posó su vista donde yo estaba. Lo saludé con cortesía y el movió la cabeza.
Y se fue.
Odiaba que mi fantasma entrara sin avisar, pero se había vuelto una costumbre tan común, que a veces yo lo molestaba cuando estaba recordando algo que nos incumbía a ambos. Alguna que otra vez lo encontré en La puerta que nunca más se pudo cerrar. Y lo encontré con Alguien Más. Decidí irme en seguida, porque recordar aquello me dolía un poco, aunque me daba risa también. Fue tan lindo y rápido, que mi fantasma y yo solemos intercambiar algunas de esas ideas de vez en cuando. Aprendemos bastante uno del otro, aunque generalmente, él es el que me pide consejo a mí. Un momento, generalmente no es una buena palabra.
Siempre.
Aunque ahora hemos llegado a un acuerdo. Él se iba a encargar de administrar mi pasado, y se iba a quedar ahí hasta que se lo ordene. Estos segundos que pasan y pasaron hace poco, y tal vez los que van a pasar, son tan inimaginados, tan mágicos, tan soñados, que el fantasma sería aún más real que las emociones materializadas ahí, en el cielo, junto a Ella.
Y estaría fuera del marco de esa pintura.
Él aceptó gustoso, pero me pedía algo a cambio.
Que comparta mi secreto de la felicidad con él. Le dije de una manera amable, Te tocará vivirlo cuando quieras, todo depende de ti, o de mí, Tiene sentido pero, me preguntó nuevamente, Puedo pedirte algo más, Dime, Me la presentarías a Ella alguna vez, Pues creo que ya lo hice, En serio, Sí, te conoce muy bien, y te debo dar las gracias por ello, Gracias por qué, Porque tu fuiste quien escribió y creó todo aquel universo donde ahora vivimos, o creo que vivimos, En serio, dijo fascinado, En serio.
Dio media vuelta y se fue a su casa.
El árbol que está en la esquina de mi casa es un tanto pequeño, pero es excelente si haces una buena comparación y valoración entre paz y comodidad.
Mi celular volvió a sonar. Y esta vez sí me desperté para ver de qué se trataba.
Era un mensaje de texto que decía, Buenos días, acompañadas estas palabras de dos puntos y el signo final de un paréntesis. Tal vez, el inicio, estaba en la intención.
Contesté con otro Buenos días, seguidos también de los dos puntos y el final del paréntesis. Tal vez, el inicio, sólo está vez, estaba justificado con la sorpresa que me dio aquello.
Y para mi alegría, eso se repitió hasta ahora, que he podido descubrir, aunque sea un poco, el secreto de tus labios, la ecuación de tu rostro, las sorpresas de tu perfección.
Pero no contesté. Por primera vez desde que la conocí no contesté. La razón, No la sé, El por qué, Tampoco, Entonces, Pues es sencillo de explicar, Perdón no te entiendo, qué me quieres decir, Para qué contestarle si la tengo en frente.
Y así era. Ella estaba ahí.
Y yo desnudo, vaya sorpresa. Mis reflejos también se dieron cuenta de mi carencia de ropa, así que tomé parte de la sábana de la cama y cubrí lo más que pude. A pesar de ello, el rojo, aquel rojo característico, resplandecía más que el celular, que seguía repicando.
Entonces ella me miró y sonrió.
Era hermosa. Y maravillosa. Se lo había dicho muchas veces. Aunque, me había jurado no hacerlo nunca, es inevitable. Si llevamos la cuenta matemática de la perfección que engloban esas dos palabras, podemos sacar la siguiente conclusión. Si multiplicamos hermosa por maravillosa, obtenemos Su nombre, si en cambio dividimos los factores, nos quedamos con sus ojos. Si sumamos, nos da como resultado dos espectaculares manos. Si restamos, el resultado es tan incierto, que es mejor dejarlo a la imaginación.
O a Su imaginación.
Su cabello era una pequeña constelación de anillos incompletos, girando en torno a un planeta por lo demás sabio. Anillos que eran cafés, que se aclaraban un poco con la gracia del sol y se volvían más brillantes aún con la claridad de la noche. Sus ojos, pues lo dijimos unas líneas más atrás, pero podemos complementar con algo que no se ha dicho nunca.
Que los amo profundamente.
Las facciones de su rostro, nada que envidiar a algún perfil egipcio o griego. Me gusta pensar a veces que es alguien al cual nunca han retratado, para que la foto que tengo de ella sea tan invaluable como el secreto de Dios para con la humanidad. Incluso, para mí, puede valer un poco más, porque Ella está conmigo en ese recuerdo hecho tinta.
Su boca es el mayor secreto de todos. Un tesoro escondido, una joya entre millones. O entre ninguna. Un ente con vida propia, que ayuda a que un momento especial, un beso, se convierta en una obra de arte. Para mí, invaluable. Si quisiéramos ponerle un precio, exigiría las siguientes condiciones. Disposición, silencio – acompañado de un poco de música – los ojos cerrados y alguna garantía de salir vivo luego de acción tan espectacular. Si se cumplen, pues simplemente diría Nó, gracias. Ese, como dije, Es el mayor secreto de todos.
Es casi de mi tamaño, supongo que un poquito más grande – sólo un poquito. La armonía que lleva con ella sirve de inspiración para locos como yo. O para hermosas como ella. O para ambos.
Aún no salía de mi sorpresa cuando una de esas gotas traicioneras se depositó justo en mi ojo derecho. La sequé rápidamente y, como quien limpia un espejo empañado, Ella se fue.
Ni la lluvia ni la ducha tenían piedad para con mi pobre cabello. Simplemente las gotas caían, él las absorbía y yo quedaba más húmedo que el parabrisas del taxi que conducía mi padre.
Sí, mi padre es taxista, y aún así tengo ducha eléctrica, como tres veces al día y puedo gozar de la telecomunicación celular. No es tan malo.
Tal vez la única pajilla en el ojo es que no lo veo en toda la semana. Pero eso se entiende, Él trabaja por nosotros y simplemente no puede pensar en nada más. Palabras más, palabras menos, esa es la descripción de mi pequeña pero gran familia. Mi padre y yo. O el padre y su hijo.
Da lo mismo.
La cuestión es esa. Mientras me apoyaba en los vidrios que cubren la zona de la ducha, mi cuerpo exigía un poco de agua caliente para contrarrestar el frío que entraba por la pequeña rendija de la puerta que nunca más logró cerrarse desde que mamá se fue. Sí, también tenía una mamá, pero esa es otra historia. Bueno, tal vez, en alguna de estas líneas, la mencione sin querer, o tal vez le transmita mi furia y agradecimiento a la vez camuflando pequeñas emociones dentro de personificaciones. No sé, puede ser posible.
Aquella puerta simboliza muchas cosas, sin duda.
La radio suena allá afuera, justo al lado de mi ropa la cual, como mi cabello, ya empieza a humedecerse por las partículas de agua que pasan del estado gaseoso al líquido cuando se enfrían un poco. Es una polera roja con cuello, un pantalón jean con algunas imperfecciones en su color, un cinturón un tanto largo para mi cintura – aunque estaba de moda usarlo así -, medias blancas, un calzoncillo de hace unos cuantos años, un peine y mi billetera. Seguramente estaba apurado cuando alisté mis cosas.
Faltaba el celular.
Salí un momento de la ducha. Mis pies me lo iban a cobrar luego, ya que no logré secarlos muy bien antes de salir del cuarto de baño, correr algunos metros hasta mi cuarto, revisar el celular, ver si no me había llamado Ella, limpiar un poco la pantalla – mi gran manía y defecto – dejar caer la toalla mientras hacía todo aquello, recoger todo para luego salir en un nuevo trote a terminar la tarea que dejé inconclusa.
Mis pies simplemente decidieron no obedecerme y caí unos cuantos pasos antes de llegar al baño.
El celular cayó sobre una almohada que estaba tirada ahí desde la noche anterior, la toalla cayó unos centímetros más allá y yo, junto a mi humanidad y alma, caí de bruces contra el suelo, a unos cuantos dedos de la grada que separaba el baño del resto de la casa.
Y sonó el celular.
El tono personalizado era inconfundible. Era Ella. Sacudí un poco mi cabeza, como en las caricaturas, me levanté un tanto atontado y cogí el celular. Efectivamente, era Ella.