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Historia con Etiqueta (2)

martes, mayo 06, 2008

Llegó un día de esos extraños en los que te escribí un poema, interesante, armadito, sin métrica, verso libre y todas aquellas características que te invitan a descubrir el secreto que encierran las líneas de palabras, traspapeladas junto con sentimientos y algunas acciones que se tomaron o se tomarán más adelante. Recuerdo perfectamente lo que decía, dado que, después de que lo leíste, me miraste asombrada, dijiste Bonito, como siempre haces, arrugaste la hoja y te fuiste. Desde ese día contabilizo los seis meses en los que no nos hemos vuelto a ver. Creo que, al calor de esta pequeña vela y de la humedad que está generando en mi vaso el vapor del guiso recién cocinado, es buen momento, en tu honor, recordar aquel escrito que, por tu cualidad interpretativa de destrucción masiva pasó por una misiva arrolladora, casi ofensiva, lo que debió ser una hoja de papel con ideas entrelazadas con adjetivos.

A pesar que ahora me dices que me quieres, tengo miedo, tal vez por ahora/Por qué… déjame explicártelo…

Tal vez no me entiendas, a pesar que sonríes a todas las palabras que te digo/Me gusta todo de ti, pero el miedo me derrumba/Muchos pensamientos me nublan la visión que tengo sobre ti/Aún así, continuas sonriéndome, y a eso, sólo puedo agradecerte infinitamente/Aún tienes un espíritu inocente/No lo sé, pero todo es muy difícil para mí…

Este mundo cambiará, estoy seguro, así como también lo harán nuestros pensamientos/¿No ves que sólo hay cosas difíciles entre nosotros?/A veces evito mirarte tus hermosos ojos…/¿No lo has sentido? Eso sí, no pienses nunca que es porque ya no te quiero…

Desde que comencé a verte, las preocupaciones han poblado mi cabeza/Desde que comencé a quererte, sólo suspiro cuando pienso en ti/Tus hermosos ojos me hacen sentir tan feliz/Cuando tomo tus manos, comienzo a soñar que sueño/Cuando me besaste en la mejilla aquella vez/Sentí que todo el mundo me pertenecía/Sólo quería tenerte cerca mío, quererte/Pero en este mundo…

Historia con Etiqueta (2)

martes, abril 29, 2008

La ciudad es muy grande, demasiado para nuestras necesidades. Recorría algunos metros para tocar tu timbre, decirte un hola un tanto apagado por las horas a las que iba –no antes de las seis pero tampoco pasando de las siete de la mañana- te traía un jugo de naranja bien frio los lunes, una flor de cualquier índole –menos girasoles, de esas no me gustan- los martes, los miércoles amanecíamos con los periódicos de circulación nacional, mientras que los jueves te llevaba el suplemento para niños, más una copia extra, para ver quién resolvía más rápido el laberinto que ponían en la última hoja –con premio para el que lo terminara, claro-. Los viernes eran especiales, tal vez porque no llevaba nada. El premio del laberinto siempre me lo tenías que dar tú.

Ahora que no estamos juntos, recuerdo con ternura aquellos apodos que nos poníamos, algunos hirientes, algunos con sentido, otros para esperar una respuesta y los demás. Me divertía estar al otro lado de la pantalla, con el centelleo del símbolo del texto en blanco, aguardando una réplica tuya sobre tu nuevo apodo, aquel que el mundo vio nacer entre los códigos ASCII, alguna idea pícara y todo mi cariño. Intentando adivinar, me imaginaba tu cara atónita ante el ruido de los altavoces, aquel timbre característico de una respuesta y, metiéndome en el campo fantástico, hice que tus ojos brillaran de emoción, tus manos se movieran nerviosas, haciendo que te equivoques cada dos letras que escribías; hice que tu cabello se moviera lentamente, en un susurro, para cubrirte uno de los ojos, el que brillaba más, para que volvieras a tu estado normal, de cerquillo pronunciado, de mirada fulminante, de aliento a rosas. Bonito, me dijiste, pero el que te puse yo quedará por siempre. Y fue así, carajo.

Fue así.

Historia con Etiqueta (1)

jueves, abril 24, 2008

Hoy empiezo una mini-historia de unos 3 a 4 posts; todos los jueves.

Un abrazo.


***

Recientemente no nos hemos visto mucho. En teoría, el tiempo ha pasado, tenemos algunas líneas invisibles en nuestra frente y algunas marcas del acné en nuestros pómulos. Los edificios han crecido con respecto a la posición del sol y nosotros, algo más viejos, nos hemos vueltos aún más minúsculos en este mundo globalizado y conectado por redes no tan visibles, no tan sumisas, pero totalmente extrañas e indiferentes a nuestra situación. Volábamos con frecuencia. Nuestros destinos iban marcados por un paralelismo extraño; nunca chocábamos. Te veía atravesar las puertas de embarque con una lucidez de modelo de pasarela, mientras yo parecía un ekkeko, cargado de huevadas, sin un cigarro que me presente preliminarmente, pero con una vestimenta típica de un trotamundos; gafas de sol compradas al paso –nada caras por cierto-, un reloj de pulsera –sí, de esos Water-Resist- unos jeans de marca –tal vez vale más que cualquier cosa que tenga, pero sólo tengo uno- una camisa con flores –típica de las zonas con calor- y un bolso con lo indispensable para vivir; mi computadora portátil, una muda de ropa, mi cepillo de dientes, el GPS –nunca falta una loca y un bosque de pinos-, un buen libro –cualquiera- y mi calienta agua para las eventuales tazas de café que se enfrían en mis paradas en los restaurantes de los aeropuertos.

Éramos buenos amigos. Solíamos felicitarnos en los cumpleaños, llevar algún que otro vinito, una tabla de quesos, unas galletas, o simplemente las servilletas que hacían falta en nuestras esporádicas reuniones. Nuestros amigos nos veían con buenos ojos, les agradaban nuestros chistes, tus estornudos, mi risa, la ingenuidad del tiempo y lo sarcástico que era a veces a las horas de las despedidas. Tu vestido rojo, con motas, mi camisa también roja, cara, con algunas manchas del guisado aquel que comimos una noche lejana, de clima cálido, de duros resentimientos, de extraña tranquilidad. Era una noche de tormenta, con un calor insoportable. A pesar de la distancia, podía sentir que tenías tu vestido puesto. Aquella noche recordé por qué me había puesto mi camisa roja también. Deduje, mientras iba al supermercado –así como lo hacíamos regularmente- que un día como hoy irías a comer un guiso –como la vez aquella también que nos quedamos pensando en qué podríamos hacer si tuviéramos la posibilidad de viajar en el tiempo, y dije entre dientes, porque habían unos alemanes al lado nuestro, que mataría a Hitler sin pensarlo dos veces, en lo que contestaste que toda persona que pudiera viajar en el tiempo lo haría, nos reímos, manché mi camisa, tú, en un sentimiento de culpa involuntario, intentaste limpiarla, yo te dije no te preocupes, tomé tu mano con la servilleta de tela empapada en jugo de guisantes y zanahorias, la puse en la mesa y, una fuerza sobrehumana me dijo, bésala, y lo hice, y lo seguimos haciendo hasta que… -. Era nuestro aniversario. Cumplíamos más de seis meses sin vernos.

(...)