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Seo Taiji - In the Time Spent With You

viernes, enero 16, 2009

Nowa hamkehan sigan sogeso (In The Time Spent With You)

I can hardly tell you in detail
(Difícilmente puedo decirte en detalle)
About the time when I first saw you
(Acerca de la ocasión en la que te vi por primera vez)
But there was something, some good feelings
(Había algo allí, buenas vibras, buenos sentimientos)
Truly warm and comforting
(Realmente acogedores)
All I remember is a shy conversation
(Todo lo que recuerdo es una tímida conversación)
Over a sup of coffee
(Junto a un sorbo de café)
On a dark night, it was a deep black night,
(En una noche oscura, realmente oscura)
A beautiful night for you and me
(Una bella noche para ti y para mí)
You feel like an old friend of mine
(Te sentías como una vieja amiga mia)
I feel an endless happiness
(Yo sentía una felicidad sin fin)

In the time that I spent with you,
(En el timepo que estuve contigo)
All the pain disappeared
(Todas las penas desaparecieron)
My heart is being comforted
(Mi corazón estaba satisfecho)

For you and me, there also were many sad talks
(Para ti y para mí, también hubieron pláticas tristes)
Many stories that we wanted from each other
(Muchas historias que quisimos escuchar uno del otro)
Now I know they were nothing
(Ahora sé que no fueorn nada)
A very long while we spent together
(Compartimos un gran momento)
Hard times have all passed us by,
(Tiempos difíciles fueron los que nos tocaron superar)
Now we're listening to the music together
(Ahora estamos escuchando música juntos)
In my heart you will remain for so long time
(Te quedarás en mi corazón por un largo tiempo...)

You feel like an old friend of mine
(Te sentías como una vieja amiga mia)
Tears flow from my eyes
(Lágrimas fluyen de mis ojos)

In the time that I spent with you,
(En el tiempo que estuve contigo)
All the pain disappeared
(Todas las penas desaparecieron)

My heart becomes fulfilled
(Mi corazón se llenó)
It was such a dark night that
(Fue como una noche oscura...)

I spent with you
(el tiempo que estuve contigo...)

I'd like to tell you something... I feel... you...
(Quisiera decirte algo... Yo te siento...)


Sable (Prólogo)

sábado, septiembre 27, 2008

Tenía ganas de fumarme un cigarro, a pesar de que mi doctor recomendó ampliamente que dejase ese hábito... simplemente me resulta imposible por el frío que hay, tanto en la ciudad como en mi pecho.



Las calles de Santa Cruz nunca habían estado tan vacías; latas de cerveza adornaban las vías reflejando la luz de los faroles, muchos papeles simulaban un tornado en algún callejón lejano y la película de moda se apoderó de todas las vallas publicitarias. Desde que la lucha de clases se puso de moda en la región, los llamados 'indios' se refugiaban en sus barrios, mientras que la clase oligárquica se mantenía al margen de las zonas que más les gustaba frecuentar; los lugares donde venden ropa usada 'pero de marca', la tienda de celulares con precios módicos, la tienda de calzados improvisada en una esquina con tres cajas grandes llenas de mercadería directa de fábrica o aquellos restaurantes de paso donde la gente come agachada para que no les vean el rostro. La tensión era tal que el aire se podía cortar con tijera. Lo penoso de la situación era que ninguna de las partes usaba la tijera para favorecer la metáfora del aire... la utilizaban para dañarse entre ellos.

Esta noche, como todas, decidí darme una vuelta por aquellos refugios y no fue mayor mi sorpresa al ver que la noche se vivía como en cualquier otro lugar de clase superior; ropa de marca, cigarros, bebida, autos de lujo, luces parpadeantes, cuartos oscuros, música al vivo, licorerías abiertas las 24 horas y un conglomerado de características peculiares y similares que distinguen al otro bando, o mejor dicho, a la otra clase. La única diferencia era el color de piel y tal vez la manera de hablar. Mi cabello largo y la chamarra que uso hace 19 años permitieron que pase desapercibido entre ellos; oculté mis ojos bajo un mechón y escondí la camisa blanca a rayas entre el negro del cuero. Algunas personas me saludaban alegremente desde sus autos, me invitaban a compartir algo o simplemente levantaban la mano y gritaban, Cómo es, hermano, que tal la vida y la mujer, yo les contestaba, Todo fresco, amigo, un saludo.

Paré en una esquina donde rezaba un gran graffiti, I am cooler than the other side of your pillow (Estoy más fresco que el otro lado de tu almohada), y le tomé una fotografía. Me encantaba estudiar la filosofía de la calle, que tan lejos ha llegado por sí sola a penetrar la mente de los mortales. En las escuelas y en las universidades intentan encajarle a la gente a Platón, a Marx y a Smith -que de por sí es un conceptólogo y no un filósofo- en base a la memorización de su manera de ver el mundo. Alguien cree que se puede llegar lejos conociendo la teoría y no la práctica cuando se habla de entender al universo, me preguntaba. De nada nos sirven las utopías y las divisiones implícitas de las ideas si no comenzamos por vivir en carne propia nuestro propio universo. ¿Qué tan lejos puede llegar Sólo sé que nada sé si desconocemos lo que significa Ser, propiamente dicho? Eso me preguntaba cuando tropecé ligeramente con una piedra. En la calle, algunas personas se riéron de mí, me apuntaron con el dedo y seguramente fui motivo de conversación después.

Mi viaje, esta noche, terminaba en un lugar llamado Los Tres Faroles. No había ningún letrero, pero un correo electrónico hace dos días mencionó aquel lugar y su interesante acogida. Sin mucho teatro, toqué la puerta tres veces. Abrieron y pasé...

Blanca (I)

lunes, septiembre 22, 2008

Ella con alzheimer.


Una cama de hospital la saludaba todas las mañanas mientras que el sol le recordaba, por algunos segundos, que era de día y que la luna se había escondido. Había creado cierto miedo infundado a esa esfera brillante que salía cuando las personas la iban a ver con unos caramelitos que la hacían dormir profundamente o cuando el muchacho de bata blanca llegaba y apretaba algo así como un insecto en la pared y de repente el cuarto se llenaba de algo brillante. Solía abrir los ojos exaltada, buscando alguna mano que la guíe, pero sólo encontraba cables y algunas cajas extrañas que hacían ruidos raros y mostraban imágenes bastante bonitas; unas líneas que seguían cierto ritmo y unos signos que seguían un patrón extraño. A Blanca le encantaba uno que tenía forma de una silla puesta de cabeza, otro que parecía un muñeco de nieve y el más peculiar era uno que tenía forma de pato. Juntos todos, esas figuritas perecían bailar una coreografía, intercambiando sus puestos entre ellos y brillando cuando el muchacho de bata blanca se olvidaba de matar al insecto en la pared para que todo se ilumine.

La única cosa que Blanca siempre recordaba era que estaba unida a una de esas cajas extrañas. Esa relación y conclusión siempre se la hacía cuando miraba su muñeca izquierda y veía algo así como un hilo grueso que iba desde su mano hasta una botella un tanto maltratada. Se ponía algo triste cuando venía el muchacho de bata blanca, ya que este tomaba a la botella -a la que Blanca contaba todas sus grandes historias, como el descubrimiento de que también tenía esas extrañas bolitas alargadas en los pies -así como en sus manos- y que tenía un nudo justo en el centro del estómago-. Tranquilícese Blanca, le decía el muchacho, pronto la botella volverá, Con que se llamaba botella, decía Blanca todos los días, gracias por decírmelo jovencito; luego de haberle preguntado muchas veces, ella nunca se dignó a contestarme.

Cuando Blanca podía levantarse de la cama, siempre se quedaba parada frente a otra persona que se encontraba en el fondo de la habitación. Le encantaba poder alcanzar ese rincón, ya que la persona que la esperaba hallá hacía exactamente lo que ella quería. Si Blanca levantaba la mano, la otra persona lo hacía, si Blanca movía la boca, la persona lo hacía, si Blanca movía esas extrañas bolitas que tenía en los pies -una habilidad que después de adquirida no dudó en contársela a su amiga botella-, la persona lo hacía con el mayor de los gustos. Lo único que realmente inquietaba a la señora, era la apariencia de su amiga; tenía unas cosas extrañas que le salían de la cabeza, todas negras; un gran caos por decifrar. La parte donde sus manos y sus pies se conectaban era un tanto gorda, pero presentaba cierta armonía; dos figruas iguales debajo de su cuello le llamaban también la atención, pero les restó importancia cuando comprobó que su amiga también tenía un nudo en el centro del estómago. Cuando quizo tocarlo, sintió que no tenía la misma textura que el propio, esta era un tanto resbaladiza, plana y fría. Blanca le dió un golpecito con las bolitas que le salían de los dedos, y la persona hizo el mismo movimiento; el choque de las bolitas era totalmente diferente al que Blanca sentía cuando lo hacía con ella misma y sus dos manos. Intentó toda la tarde sin resultado sacarle el nombre a su compañera, pero nunca lo logró porque esta hablaba al mismo tiempo.

Tal vez la emoción del descubrimiento fue la causante de que al día siguiente pidió que cambiaran al muchacho de bata blanca por aquella mujer que estaba al fondo del cuarto. Le dijeron que era imposible y Blanca ahogó un grito, miró a un costado, y vió cómo una muchacha que nunca habia visto -inclusive pensó por un momento que era su amiga- le daba esos caramelitos que tanto odiaba.

Blanca no despertó al día siguiente.

[...]

Héroe y Princesa

domingo, agosto 10, 2008


Quiero mostrarte el único espejo que logra imitar tu belleza
aquel que de mil aguas y mil charcos una catarata reza
tú eres una muchacha de ciudad,
mi destino es la clandestinidad...

Quiero enseñarte cómo se ganan batallas épicas, mágicas
para que cabalgues triunfadora entre los matorrales y espinas
soy yo la espada que blandirás,
tu destino es no mentir jamás...

Quiero que escuches aquellos cánticos de victoria y derrota
de esos que matizan la vida y la muerte en una sola nota
tú eres la armonía presente,
mi destino, estar en tu mente...

Quiero que sientas palpitar nuestros corazones al unísono
reinventar el metrónomo, el ritmo, el amor, la forma de tu trono
soy yo el tambor que tocarás,
tu destino es no llorar jamás...

Nosotros (Final)

martes, agosto 05, 2008

Entonces el celular sonó otra vez y contesté, pero antes, me di cuenta que el tono no era el mismo. Tiré el celular a la cama y recordé, como un pequeño niño, que dejé la ducha encendida.

Mientras el interlocutor gritaba Hola, hola, contesta, me dispuse a terminar el trabajo no terminado. Rebobiné la cinta de mi radio y la coloqué justo en la canción que me recordaba a Ella. Fue sencillo. La detuve donde quise y puse Play.

Los acordes comenzaron la melodía. Y sí, recordé también que había dejado el jaboncillo en el suelo. Lo recordé porque cuando volví ya no había jaboncillo. Con la mano, recogí lo poco que quedó luego de mi pequeña odisea y lo unté en mi cuerpo como si fuese mantequilla.

Al terminar de lavarme los pies, levanté la mirada, y vi que alguien estaba allí también.

Era yo.

Moví un poco la cabeza nuevamente. Estaba vestido con la ropa que había dejado al lado de la radio. Había olvidado el cinturón, pero eso no tenía importancia. Habría hecho lo mismo.

Se lavaba los dientes, se miraba al espejo, justo como yo lo hacia - es algo lógico, pero como no había dicho esto antes, pues era hora de hacerlo. Levantó la mirada y posó su vista donde yo estaba. Lo saludé con cortesía y el movió la cabeza.

Y se fue.

Odiaba que mi fantasma entrara sin avisar, pero se había vuelto una costumbre tan común, que a veces yo lo molestaba cuando estaba recordando algo que nos incumbía a ambos. Alguna que otra vez lo encontré en La puerta que nunca más se pudo cerrar. Y lo encontré con Alguien Más. Decidí irme en seguida, porque recordar aquello me dolía un poco, aunque me daba risa también. Fue tan lindo y rápido, que mi fantasma y yo solemos intercambiar algunas de esas ideas de vez en cuando. Aprendemos bastante uno del otro, aunque generalmente, él es el que me pide consejo a mí. Un momento, generalmente no es una buena palabra.

Siempre.

Aunque ahora hemos llegado a un acuerdo. Él se iba a encargar de administrar mi pasado, y se iba a quedar ahí hasta que se lo ordene. Estos segundos que pasan y pasaron hace poco, y tal vez los que van a pasar, son tan inimaginados, tan mágicos, tan soñados, que el fantasma sería aún más real que las emociones materializadas ahí, en el cielo, junto a Ella.

Y estaría fuera del marco de esa pintura.

Él aceptó gustoso, pero me pedía algo a cambio.

Que comparta mi secreto de la felicidad con él. Le dije de una manera amable, Te tocará vivirlo cuando quieras, todo depende de ti, o de mí, Tiene sentido pero, me preguntó nuevamente, Puedo pedirte algo más, Dime, Me la presentarías a Ella alguna vez, Pues creo que ya lo hice, En serio, Sí, te conoce muy bien, y te debo dar las gracias por ello, Gracias por qué, Porque tu fuiste quien escribió y creó todo aquel universo donde ahora vivimos, o creo que vivimos, En serio, dijo fascinado, En serio.

Dio media vuelta y se fue a su casa.

El árbol que está en la esquina de mi casa es un tanto pequeño, pero es excelente si haces una buena comparación y valoración entre paz y comodidad.

Mi celular volvió a sonar. Y esta vez sí me desperté para ver de qué se trataba.

Era un mensaje de texto que decía, Buenos días, acompañadas estas palabras de dos puntos y el signo final de un paréntesis. Tal vez, el inicio, estaba en la intención.

Contesté con otro Buenos días, seguidos también de los dos puntos y el final del paréntesis. Tal vez, el inicio, sólo está vez, estaba justificado con la sorpresa que me dio aquello.

Y para mi alegría, eso se repitió hasta ahora, que he podido descubrir, aunque sea un poco, el secreto de tus labios, la ecuación de tu rostro, las sorpresas de tu perfección.

Y lo maravillosa que eres.

Nosotros (II)

Pero no contesté. Por primera vez desde que la conocí no contesté. La razón, No la sé, El por qué, Tampoco, Entonces, Pues es sencillo de explicar, Perdón no te entiendo, qué me quieres decir, Para qué contestarle si la tengo en frente.

Y así era. Ella estaba ahí.

Y yo desnudo, vaya sorpresa. Mis reflejos también se dieron cuenta de mi carencia de ropa, así que tomé parte de la sábana de la cama y cubrí lo más que pude. A pesar de ello, el rojo, aquel rojo característico, resplandecía más que el celular, que seguía repicando.

Entonces ella me miró y sonrió.

Era hermosa. Y maravillosa. Se lo había dicho muchas veces. Aunque, me había jurado no hacerlo nunca, es inevitable. Si llevamos la cuenta matemática de la perfección que engloban esas dos palabras, podemos sacar la siguiente conclusión. Si multiplicamos hermosa por maravillosa, obtenemos Su nombre, si en cambio dividimos los factores, nos quedamos con sus ojos. Si sumamos, nos da como resultado dos espectaculares manos. Si restamos, el resultado es tan incierto, que es mejor dejarlo a la imaginación.

O a Su imaginación.

Su cabello era una pequeña constelación de anillos incompletos, girando en torno a un planeta por lo demás sabio. Anillos que eran cafés, que se aclaraban un poco con la gracia del sol y se volvían más brillantes aún con la claridad de la noche. Sus ojos, pues lo dijimos unas líneas más atrás, pero podemos complementar con algo que no se ha dicho nunca.

Que los amo profundamente.

Las facciones de su rostro, nada que envidiar a algún perfil egipcio o griego. Me gusta pensar a veces que es alguien al cual nunca han retratado, para que la foto que tengo de ella sea tan invaluable como el secreto de Dios para con la humanidad. Incluso, para mí, puede valer un poco más, porque Ella está conmigo en ese recuerdo hecho tinta.

Su boca es el mayor secreto de todos. Un tesoro escondido, una joya entre millones. O entre ninguna. Un ente con vida propia, que ayuda a que un momento especial, un beso, se convierta en una obra de arte. Para mí, invaluable. Si quisiéramos ponerle un precio, exigiría las siguientes condiciones. Disposición, silencio – acompañado de un poco de música – los ojos cerrados y alguna garantía de salir vivo luego de acción tan espectacular. Si se cumplen, pues simplemente diría Nó, gracias. Ese, como dije, Es el mayor secreto de todos.

Es casi de mi tamaño, supongo que un poquito más grande – sólo un poquito. La armonía que lleva con ella sirve de inspiración para locos como yo. O para hermosas como ella. O para ambos.

Aún no salía de mi sorpresa cuando una de esas gotas traicioneras se depositó justo en mi ojo derecho. La sequé rápidamente y, como quien limpia un espejo empañado, Ella se fue.

Nosotros (I)

Tenía el pelo demasiado largo. Eso era un hecho.

Ni la lluvia ni la ducha tenían piedad para con mi pobre cabello. Simplemente las gotas caían, él las absorbía y yo quedaba más húmedo que el parabrisas del taxi que conducía mi padre.

Sí, mi padre es taxista, y aún así tengo ducha eléctrica, como tres veces al día y puedo gozar de la telecomunicación celular. No es tan malo.

Tal vez la única pajilla en el ojo es que no lo veo en toda la semana. Pero eso se entiende, Él trabaja por nosotros y simplemente no puede pensar en nada más. Palabras más, palabras menos, esa es la descripción de mi pequeña pero gran familia. Mi padre y yo. O el padre y su hijo.

Da lo mismo.

La cuestión es esa. Mientras me apoyaba en los vidrios que cubren la zona de la ducha, mi cuerpo exigía un poco de agua caliente para contrarrestar el frío que entraba por la pequeña rendija de la puerta que nunca más logró cerrarse desde que mamá se fue. Sí, también tenía una mamá, pero esa es otra historia. Bueno, tal vez, en alguna de estas líneas, la mencione sin querer, o tal vez le transmita mi furia y agradecimiento a la vez camuflando pequeñas emociones dentro de personificaciones. No sé, puede ser posible.

Aquella puerta simboliza muchas cosas, sin duda.

La radio suena allá afuera, justo al lado de mi ropa la cual, como mi cabello, ya empieza a humedecerse por las partículas de agua que pasan del estado gaseoso al líquido cuando se enfrían un poco. Es una polera roja con cuello, un pantalón jean con algunas imperfecciones en su color, un cinturón un tanto largo para mi cintura – aunque estaba de moda usarlo así -, medias blancas, un calzoncillo de hace unos cuantos años, un peine y mi billetera. Seguramente estaba apurado cuando alisté mis cosas.

Faltaba el celular.

Salí un momento de la ducha. Mis pies me lo iban a cobrar luego, ya que no logré secarlos muy bien antes de salir del cuarto de baño, correr algunos metros hasta mi cuarto, revisar el celular, ver si no me había llamado Ella, limpiar un poco la pantalla – mi gran manía y defecto – dejar caer la toalla mientras hacía todo aquello, recoger todo para luego salir en un nuevo trote a terminar la tarea que dejé inconclusa.

Mis pies simplemente decidieron no obedecerme y caí unos cuantos pasos antes de llegar al baño.

El celular cayó sobre una almohada que estaba tirada ahí desde la noche anterior, la toalla cayó unos centímetros más allá y yo, junto a mi humanidad y alma, caí de bruces contra el suelo, a unos cuantos dedos de la grada que separaba el baño del resto de la casa.

Y sonó el celular.

El tono personalizado era inconfundible. Era Ella. Sacudí un poco mi cabeza, como en las caricaturas, me levanté un tanto atontado y cogí el celular. Efectivamente, era Ella.

Ritmo

viernes, agosto 01, 2008

Se orquesta primero un tiempo
se acerca con cautela la lira
un piano se carga de ira
y a la flauta colocan de ejemplo.

Un tiempo es lo que te pido,
con cautela un ángel nos espía
un piano nos une, amiga
fresco el clima para no haber ido.

Sigiloso entra ese violín
cavilando silenciosamente,
ese salón lleno de hollín...
¿podrá eso perturbar nuestra mente?

Sigilosas tus manías,
en un silencio ocultar no pueden
aquellas palabras frías...
¿cobarde tal vez no provocarlas?

Lentamente se organizan,
todos están en sus puestos, listos,
se miran con desconfianza...
¿por qué tienen los ojos ocultos?

Lentamente espero algo,
tal vez nada, estoy listo para ello,
sin mirar debo adivinar...
¿aún debo pensar que existe lo bello?

Senderos...

martes, julio 22, 2008

Una bicicleta pasó por acá, y se perdió en los rumbos del garaje de una licorería.

Los pasos de unas botas marcaron el camino hacia la estación, mientras que el de unos tacones, duplicadas las huellas -tal vez porque ella llevaba una falda- seguían al cadete, arrastrando esa poca de arena que cubría y hacía indefinidos a algunos rastros.

El camino dibujado por unas sandalias se perdía en la sombra de un árbol, y otra ruta trazada por unos kits viejos -viejos por la huella indefinida que dejan- venían de un lugar distante hasta el mismo árbol. Cuatro huellas un tanto mas hundidas que todas las demás me dicen que el sol prolongó la sombra en el árbol el tiempo justo...

Las huellas de un niño, los rastros de sus rodillas... las pequeñas huellas de su muñeco...

Un mundo distinto al mio...

Intentando algo nuevo (II)

lunes, julio 07, 2008


Marco por el contrario no entendía de reglas protocolares. No tenía ganas de bañarse ese día. Hacía mucho frío y el constante movimiento de las hojas del árbol que adornaba la vista de su cuarto le decía que hoy, definitivamente, Iba a ser uno de esos días donde sacarse uno de los dos pantalones que se puso para enfrentar el frío no era una opción.

El equipo de sonido que prácticamente era el aparato con más tecnología en el cuarto de Marco era el fiel reflejo de todas las demás chucherías que tenía en él; polvoriento, casi destruido por el óxido, con los botones totalmente aniquilados por el tiempo. Era una reliquia familiar, pero cumplía con su cometido.

La música conectaba a Marco con el mundo. Tal vez sea el típico tema cuando se habla de adolescentes desordenados o de adultos en maduración ordenando un caos, pero Marco tenía otra manera de ver a ese conjunto de notas representando una idea.

La música es lo único que la era de la Globalización nos deja, por lo demás, concluía, me importa poco. Argumentaba que hace unos cuantos años, conocer música de origen ruso, alemán, asiático e inclusive estado unidense era un lujo reservado para quien tuviera la paciencia, antes de encargar los discos a disqueras distantes, luego de esperar horas para descargarla con una precaria conexión a internet y finalmente para quien pudiera decidirse entre tanta variedad.

Intentando algo nuevo (I)


Isabel se preparaba para el rendez-vous de esa tarde. Descolgaba pantalones, tiraba poleras por los suelos e intentaba encontrar la combinación perfecta entre sus zapatos y la goma de mascar que compraría en el lugar de encuentro. Sus lentes le daban un toque femenino indescriptible y su pelo, alcochonado por la crema y disparatado como aquella vez que se escapó de casa para probar aquel Margarita al que su amiga le rendía tributo, le indicaba al sol que no sería facil dibujar una sombra perfecta. A menos claro, pensaba ella, que alguien más la describa por mi.

Isabel tenía un cuarto pequeño, lleno de artefactos que hacían una referencia casi a gritos de la cultura pop noventera, casi ochentera; posters de la Guerra de las Galaxias pegados en cada vértice, pequeños dibujos hechos por ella misma colocados estratégicamente en algunos muebles y otras paredes para que las pocas visitas los vieran. La colcha que cubría su cama no era más que un retrato gigantezco de ella misma -evitando acá mencionar que fue su idea aquella de verse sonriendo en la cama- bordado por su madre, su computadora portatil tenía un gran sticker que ponía, All your bases are belong to us! que literalmente cubría la marca del aparato. En fin, tantas señales de una cultura agena a la nuestra -ajena a todos en realidad- pero tan mezclada con nuestro diario vivir que nos muestra, más que nada, que lo bello del comienzo de la globalización fue exactamente el intercambio de gustos, pasiones y arte... no simplemente un grito por ver quién tenía más información o más poder -aunque eso vino mucho después...-

Du Sucre

viernes, junio 20, 2008


Un peu de sucre, s'il vous plaît?

Eso me dijo cuando le entregué el café. Me miró extrañada, adivinó que no era de la ciudad, siquiera del país. Ladeó un poco la cabeza y me escudriñó con sus ojos verdes. Hizo una seña para que retrocediera un poco, movió sus uñas con gracia -eran rojas- y levantó un poco más la mirada.

También ladeé la cabeza un poco, para que viera mi mejor perfil y para esconder una espinilla que tenía bien reservada para una cita en la noche frente al espejo. Cerré un poco los ojos para que se vieran mis pestañas y evité la pose clásica de perfil egipcio para que no notara lo extravagante que era mi nariz. Subí un poco las manos para que ella notara su firmeza, no percaté que traía conmigo Le Menu y que este era tan grande como mi pecho. Simulé una pose típica de mesero de café, con el peinado tipo Mar Rojo en épocas bíblicas y una mano al cielo queriendo contar las estrellas -mas estaba pidiendo que apuraran el pedido de la mesa 2 porque estaba retrasado y el cliente me miraba como Chaplín en búsqueda de venganza-.

No me percaté que ella había vuelto a la taza de café y al asunto de Le sucre. Tampoco me percaté que lo había dejado todo allá, en Sucre... varias de mis muecas, varias de mis bromas... dejé mi pelo allá y lo único que me quedó fue ese miserable gel que nos regalaban todas las semanas en el restaurante, la paga mínima más las propinas y alguna mujer en el sofá esperando por otro café, más personal, más tinto... que el agua con color que vendíamos acá...

Entonces entendí lo que me decía en su lenguaje de señas...

Las leyendas eran ciertas, dijo en un tosco español, realmente eres quien dicen.

Azúcar y café no fue lo único que le aumenté a Le Menu aquella noche... Cucharadas más, o menos, en aquella soledad, lo que sobra son ingredientes.

Falta quién cocine...

Leyenda

viernes, mayo 30, 2008

Las leyendas personales son buenas a veces. Te ayudan a creer que lo puedes todo y que todo es sencillo. Las enseñanzas que te dejan, los recuerdos que conservas y todo aquello que ahora consideras perdido, estará ahí por siempre, aunque siempre no implique un tiempo presente.

Cuenta una historia, que cuatro personas, dos ajenas y dos mutuas, desde cualquier punto de vista posible, se encontraron en una dimensión diferenciada por las costumbres; ellos, intentando ser ellos y ellas, queriendo ser ellos. Al final terminaron siendo dos Nosotros. Demasiado comentados, demasiado perseguidos, pero Nosotros al fin y al cabo.

La costumbre, como el ocio, es la madre de todas las perdiciones. Tal vez, y sólo tal vez, el tedio de amarse todos los días fue el detonante clásico de la ruptura, aunque, ambos bandos, los desconocidos y los no ajenos, sabían que el fin llegaría tarde o temprano, como en toda historia romántica. Algún día la vela se tiene que apagar.

Sin embargo...

Sin embargo, sabemos que los cuatro, en algún momento del día, en un momento de locura, se recuerdan, con odio, pasión, venganza, ternura, rencor, cualquiera. Viven y no dejan vivir.

Daniela

Un acorde sonaba a lo lejos, mientras que una villa saturaba el paisaje con sus colores y las pinceladas imperfectas del tiempo. Buscabase en la villa a una niña.

Llamabase Daniela. Mientras tarareaba la canción q viajaba con el viento, sus pisadas se hacían diminutas con las bofetadas de arena q daban las circunstancias, un poco de humedad y la picardía de la gravedad nublaban los restos de un posible paraje.

Los villeros, en su nerviosismo, juraban haberle dado la vuelta al mundo buscando a la niña. Sólo habían caminado en círculos.

Lentamente, Daniela fue perdiendo las fuerzas. Quedó dormida en un pedazo de tierra que imaginó ser su cama y posó su cabeza sobre una hormiga. Un intento fallido de peluche.

Se dio la casualidad que alguien pasaba por ahí. Y eras tú, llevando la música de la villa en la piel y un poco de su cultura en un pequeño plato de comida. Casi mueres del susto cuando viste a Daniela tendida boca abajo, en la tierra. Te alegraste luego.

Al parecer la hormiga había dado aviso a las demás, dado a que la encontraste rodeada por un gran y diminuto ejército. De repente, comenzó a llover. La humedad había logrado su objetivo.

Te mojaste, te protegiste bajo un árbol, pero Daniela y las hormigas seguían ahi. Pensaste y viste que no tenías mas remedio. Terminaste tu comida, dejaste un poco a las guerreras y cubriste a Daniela con tu vasija. Era tan tierno ver que cabía...

Daniela despertó al día siguiente... Y continuó su camino... Ahora acompañada de su propia legión y un gusto a villa y música que no se lo quita nadie.

Lo que nadie sabe... Es que una de las hormigas, que cuenta esta historia, prefirió irse contigo a recorrer el mundo, a escucharte y a defenderte o simplemente acompañarte. Sólo te pido algo. Déjame vivir en tu cabello, para escuchar aquella música...

Por siempre.

Federica

martes, mayo 27, 2008

Uno de los mayores placeres de la vida era acostarse sobre una cama con las sábanas tirantes, hasta que tú llegaste.

Nos conocimos en la intersección de una avenida con un callejón, allá cerca del fin del mundo, o mejor dicho, de tu casa. Ibas en zancos y vestías con unos pantalones extremadamente largos, que llegaban al suelo para esconder las maderas que te sostenían por los cielos y en tu cabeza colgaba una peluca que no escondía para nada tu cabello dorado. Claro, me dije, cómo iba a esconderlo si la peluca era más negra que mis recuerdos. Tal vez la intención no era ocultar, si no contrastar.

Como un pirata, a ojos vendados y con un loro como conciencia, me acerqué a ti en mi pequeño auto, blanco como tu sonrisa y malgastado por el tiempo; era de esperarse, dado a que el cacharrito tenía unos años más que yo. Cuídense, mortales, gritabas, cuídense, que Dios ha muerto. Ante tales extravagancias, y viendo que el rojo del semáforo se hacía tan largo, el lorito verde aquel que me hablaba cuando le parecía, me susurró al oído que te dé mi atención. Parece que lo mataron los hombres, continuaste vociferando. Mis ojos, nublados no por los parches, si no por el sol irritante de la mañana, me decían que habían otros iguales mirándolos fijamente. Cuando por fin el semáforo cambió a verde, avancé de manera rutinaria, ignorando el aviso anterior de los ojos y esas cosas. Casi atropello al niño que había limpiado mi parabrisas. Le arrojé una moneda y me fui directo a casa.

Dios ha muerto. Parece que lo mataron los hombres. Era una novedad muy interesante, tal vez de las pocas que por pasar desapercibidas, resultan catastróficas a la hora de tomar decisiones. Indagué un poco en el tema, pero en la constante búsqueda de respuestas, el simple hecho de que hayas usado una peluca negra para apagar el dorado de tu cabello me extrañó bastante, así que tomé la decisión de volver al día siguiente al lugar aquel.

Me escondí en el callejón, para que me toque el semáforo en rojo justo cuando pase. Haciendo algunos cálculos mentales, deduje que tenía que esperar dos minutos para que el ciclo tricolor terminara. Haciendo amagues entre salir y quedarme resguardado en la acera del callejón, alguien tocó ligeramente la ventana del pasajero con sus nudillos. Me asusté y torpemente aceleré sin haber movido la caja de cambio… y te reíste al otro lado, tras del vidrio. Abrí la ventanilla y entró aquel calor insoportable de las mañanas, A quién esperabas, preguntaste, A ti, a quién más, atiné a contestar, Qué es lo que quieres, Quiero saber cuál fue la causa de Su muerte, Ya lo dije, lo mataron los hombres, Dijiste que parecía que Lo habían matado los hombres, cómo tienes la certeza. Apenas hube terminado la pregunta, tú te habías ido corriendo hacia el comienzo de la fila de autos esperando a que el semáforo cambiase de color, Que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo al menos una alegría, comenzaste a gritar, mientras te subías sobre las maderas esas, Que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo al menos una alegría, repetiste. Alcancé a meterme entre la hilera de autos del carril central. Podía ver tu pelo, que ahora estaba totalmente rojo. Parecía adornado con caramelo seco, tipo extensiones. Avanzaste hacia mí, pero pasaste de largo, parándote dos autos más lejos, replicando el mismo mensaje. El semáforo cambió de color, y tuve que acelerar como cualquier otro mortal. Busqué una calle perpendicular, para poder dar la vuelta y volverte a ver, pero la avenida era una recta infinita en el plano con un solo destino; a casa.

La mañana siguiente, las horas antes del medio día me dieron la bienvenida con una llovizna. Me apresuré al salir para llegar unos minutos antes y enfrentarte. Volví a pararme en el pequeño callejón, esperándote sin querer bajo un pequeño toldo de una tienda. Atento a todas las ventanas del auto, no me percaté que estabas justo al lado mío. Qué haces, dijiste, y volvía a saltar del susto, Nada, acá comprando... me fijé en el letrero de la tienda que ponía, Acá se venden vidas. Comprando vidas, preguntaste, No exactamente. El color rojo de mi nariz me delató al instante, Me alegra que hayas venido, Quién dijo que vine para verte, Me lo estaba diciendo tu nariz, pero ahora también me lo dicen tus orejas y tu largo cuello. No me vi en el espejo retrovisor, porque me vi reflejado en su traje, que tenía una lámina que reflejaba difusamente lo ocurrido en el mundo. Estaba justo en su estómago. A qué vienes, Vengo a preguntarte por qué una verdad tiene que traer consigo una alegría, Si no la trae, pues no es una verdad, Pero eso ya lo dijiste. Cuando iba a continuar, observé que me fuiste dando la espalda lentamente. Tal parece que nunca me darás una respuesta, verdad, verdad… Mis gritos ya no podían opacarla. El semáforo había cambiado de color, y ella, prominente y llena de toda la atención, comenzó a decir con un tono irónico, Por ser irrefutable ha de ser verdadero, esperó algunos milisegundos y replicó agresiva, Necio, Necio. Cuando el semáforo cambió, me percaté que nadie se movía; nunca había habido tanta gente junta en esa intersección. Ella, por otra parte, veía como su vestido reflejaba la poca luz del sol, que en el pelo tenía una gran mariposa de plástico que recogía sus mechones dorados y una de sus manos llevaba un bolso verde, pequeñito. Al ver que nadie se movía, a pesar de que el verde del semáforo los invitaba cordialmente a moverse, decidiste quedarte ahí parada. Tu bolso cayó de las manos, miraste al cielo y dijiste, Cuando hay mucho que poner en ellos, el día tiene cien bolsillos. Lo dijiste y te fuiste. Cuando todos los autos abandonaron el lugar, bajé del mío y recogí el pequeño bulto verde que habías dejado.

Fue un camino largo a casa. Busqué entre la jungla de cosas que habían en el compartimiento del pasajero, algún indicio de tiempo. Mi reloj no aparecía hace días, y pensaba que tal vez podría estar ahí, respirando oscuridad y desorden, Cuando hay mucho que poner en ellos, el día tiene cien bolsillos. Frené el auto de manera abrupta. Qué haces acá, Dejaste la puerta abierta, además, tienes algo mío, dijiste, señalando tu bolso verde casi cubierto por mi basura, Te lo iba a devolver mañana, atiné a decir, Qué te hizo pensar que no lo recogería, La verdad… la verdad no lo sé, Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal, Qué dijiste, Lo que escuchaste, Explícamelo. Volviste al lugar donde te habías escondido. Los asientos traseros del coche tenían un espacio considerable entre el asiento en sí y el suelo, dándote a ti, de estructura delgada, un escondrijo perfecto. No esperas a que vuelva a la intersección, verdad, No, no espero nada, Entonces qué haces ahí atrás, por qué me dices esas cosas, cuál es tu motivo, Por qué volviste luego que te di la noticia de que Dios estaba muerto, Porque me dio curiosidad… porque no podía concebir la idea de que dijeras aquella cosa extraña y extravagante… porque no podía olvidar tu cabello oculto luchando por salir y tomar la energía de los rayos del sol... Porque no podía olvidarte.

Los pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos. Tu voz se escuchó distante, porque mientras pronunciabas esas palabras, pisé el acelerador a fondo y la avenida infinita se hizo tan corta como nuestra vida en este planeta. Abrí las puertas del auto, salimos corriendo –a pesar de que todavía estabas de zancos- y entramos a la casa.

Decía, al comienzo de este retazo de memoria, Uno de los mayores placeres de la vida era acostarse sobre una cama con las sábanas tirantes, hasta que tú llegaste. Y en cierta parte es verdad, porque después de aquél día, donde el bolso verde terminó perdiéndose bajo los escombros de lo que alguna vez fueron cosas útiles, tú y yo no nos separamos más.
Y es que la única diferencia de ese día y hoy, es que siempre existe una excusa nueva para comenzar de nuevo. Bueno, tal vez no sea una excusa nueva, propiamente dicha. Es posible que podamos definirla como una Nueva aventura, o algo así. Porque siempre que terminamos de amarnos con locura, te vas sin tender la cama.

De ser un pequeño detalle, ha pasado a ser un tema de discordia cada vez que te metes al auto sin avisar y tomamos la vía infinita hacia nuestro altar.
Por qué siempre te olvidas de tender la cama, sabes que salgo tarde al trabajo y no tengo tiempo para hacerlo… apenas llegamos hoy y, si seguimos la cuenta, van más de tres semanas sin que pueda dormir en una cama con sábanas tirantes. Callaste algunos segundos, y contestaste con estas palabras, La ventaja de tener mala memoria es que se goza muchas veces con las mismas cosas.

Frené el auto en seco de nuevo, te miré a los ojos y dije, En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre.

Luego de ello, nos dimos cuenta perfectamente que, una Federica como tú y un Federico como yo podíamos convivir en un mismo techo, viajar en un mismo auto y amarse en una misma cama.
Eso sí, siempre teniendo la esperanza que nunca se nos olvide la capacidad de sorprendernos.

Noé Caballero

Señor Presidente

lunes, mayo 19, 2008

Señor Presidente

Hacia dónde señor, Hacia la derecha, Muchas gracias.

Se acercaron a la comitiva que bajaba del avión y le dijo en tono imperante, El señor Presidente la espera a usted y a su grupo, Pierda cuidado, delegado, contestó, es una cuestión de minutos. Más imperante fue el perfume que el viento arrastró por todo su horizonte, moviendo nubes de incertidumbre y socorro. Los voluntarios habían bajado del avión y el señor Presidente estaba aguardándolos en el Hall improvisado del aeropuerto.

Con la mirada en el suelo, el señor Presidente estaba sentado de espaldas a su silla imponente, endureciendo sus manos contra sus sienes y buscando el limpiador de sus lentes. Cada día se le nublaba más la vista de su ojo izquierdo debido al glaucoma, haciendo más dificultosa la tarea de escribir, dado a que era zurdo. Su oído derecho fue también deteriorándose, no con el tiempo, si no con las constantes tristezas que aquejaban su mundo; tanto el que tenía que gobernar como el que lo gobernaba a él, en cierto aspecto. Siempre en cocteles oficiales decía que su problema se debía a un resfriado mal curado, o a un golpe muy fuerte en la cabeza, o tal vez, en los momentos más ocurrentes, decía que había sobrevivido a una parálisis. Lo cierto es que todas tenían algo en común; podríamos decir que el problema era a un vacío mal curado, un golpe fuerte al corazón y tal vez, en los momentos más analíticos, se decía que había sobrevivido a una traición.

El señor Presidente se caracterizaba por una entrada profunda en su cabeza; la calvicie era algo –lo poco- de lo que no pudo escapar. Así también lo alcanzó la vejez y la soledad, una tras de otra. Había estado gobernando más de 8 años, contando este y los que vendrán seguramente. Su mandíbula se había deshidratado a tal punto de hacer sombra en torno a su boca. La barba ya no era necesaria y lo consideró bueno; nunca aprendió a afeitarse correctamente. Sus manos habían renacido después de varios meses de estar anquilosadas bajo el efecto de la tristeza. El señor Presidente solía escribir mucho, tanto en reuniones oficiales, diarios, momentos de campaña electoral –a pesar de ganar siempre con una mayoría abrumadora- y en cocteles oficiales; cuando no podía seguir el hilo de lo que hablaba la gente poderosa, él simplemente se recogía y se iba a un balcón cercano.

Su mirada cambiaba según su estado de ánimo; sus ojos eran cafés la mayoría del tiempo, verdes cuando miraba para sí y de un negro intenso a la hora de tomar una decisión. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero el presidente, el señor Presidente, desde que ganó la última elección, se hizo colocar lentes de contacto transparentes, y parecía un fantasma a la hora de recorrer el palacio, Me han robado el alma, decía cuando le preguntaban, me la han robado y no sé cuándo la voy a recuperar, La considera en pena, señor Presidente, preguntaban los periodistas, En pena no, contestaba sonriendo, simplemente la considero como un objeto perdido, Un objeto, señor Presidente, Sí, un objeto, Y por qué dice eso, Porque ahora soy un desalmado. Siempre concluía así. Las únicas veces que vimos al Presidente quitarse esos lentes son las pocas veces que baja al sótano de la Casa Presidencial. Nadie sabe por qué va ahí.

La estatura nunca fue un problema para el señor Presidente. La televisión siempre lo ayudó y jamás sintió un complejo al ver a sus adversarios con un porte más definido, un poco más de barba o una posición de víctima electoral a la hora de capturar la atención, No somos nosotros, decían, no invitaremos al electorado a votar nunca más, pero le haremos recuerdo que siempre estaremos ahí cuando quieran quejarse del gobierno que les toque. Simplemente nos cerraremos, no abriremos la boca, pero eso sí, aclaraban la voz para que algunos volcaran a verlos, siempre estaremos acá –sí, repetían lo mismo- para darles la razón en todo. El señor Presidente no evitaba reírse, tal vez en un acto de soberbia colosal, pero, más que nada, en un acto de gracia; siempre supo que parte del electorado que votaba por él en realidad pertenecía a ese circo que se hacía llamar Partido Republicano de Liberación y que su único objetivo, a pesar de estar en sus cierres de campaña y que vestían camisetas con su rostro, era sacar información, congeniar, sonreír de vez en cuando y, luego de que el señor Presidente les haya brindado toda su confianza, su lealtad en contrapartida, los del Partido simplemente se iban con el verdadero jefe, el que atendía todas las llamadas, el que también tenía sus contactos en otros partidos; su nombre en clave siempre fue Luz. Otros lo llamaban Pedazo. Los novatos se limitaban a contactar a alguien que lo conociese. Inclusive cuando Luz, Pedazo, o como quieran llamarlo los había traicionado, el rebaño volvía obediente. Alguna gracia debe tener, decía el señor Presidente, pero honestidad no es. Y es que el rebaño pastaba donde quería, encontraba adeptos y simplemente el movimiento se hacía más grande.

El avión despegó de la pista y el grupo entró en el Hall improvisado del aeropuerto. El señor Presidente no se movió cuando escuchó la puerta abrirse, ni cuando su vocero le anunció, Pedazo está acá, Señor, junto a un acompañante, Diles que pasen, pero que se quiten los zapatos. Una débil sombra en la pared hizo notar que el señor Presidente hizo una mueca.

Pedazo y su acompañante entraron sin golpear. Sin más, el señor Presidente se paró, se quitó también los zapatos, seguido de las medias, el pantalón, la corbata, el saco, la camisa y finalmente, los lentes de contacto. Su voz, de la cual nunca se escribió, dijo sin vacilar en ninguna palabra, Tomen, para que vistan a mi alma, me voy a descansar.

Al día siguiente, el rebaño estaba confundido y el electorado en sí turbado. Pedazo, Luz o como se lo llamara había entrado en Palacio sin un previo aviso, mientras que, como noticia principal, el señor Presidente salía de él con un pantalón jean y una camisa a cuadros. Cuando los periodistas se le acercaron, él pidió que se le hiciera una sola pregunta. Quien acompañó a Pedazo fue quién se adelantó a los demás, Por qué lo hizo, Por amor.


Noé Caballero

Historia con Etiqueta (2)

martes, mayo 06, 2008

Llegó un día de esos extraños en los que te escribí un poema, interesante, armadito, sin métrica, verso libre y todas aquellas características que te invitan a descubrir el secreto que encierran las líneas de palabras, traspapeladas junto con sentimientos y algunas acciones que se tomaron o se tomarán más adelante. Recuerdo perfectamente lo que decía, dado que, después de que lo leíste, me miraste asombrada, dijiste Bonito, como siempre haces, arrugaste la hoja y te fuiste. Desde ese día contabilizo los seis meses en los que no nos hemos vuelto a ver. Creo que, al calor de esta pequeña vela y de la humedad que está generando en mi vaso el vapor del guiso recién cocinado, es buen momento, en tu honor, recordar aquel escrito que, por tu cualidad interpretativa de destrucción masiva pasó por una misiva arrolladora, casi ofensiva, lo que debió ser una hoja de papel con ideas entrelazadas con adjetivos.

A pesar que ahora me dices que me quieres, tengo miedo, tal vez por ahora/Por qué… déjame explicártelo…

Tal vez no me entiendas, a pesar que sonríes a todas las palabras que te digo/Me gusta todo de ti, pero el miedo me derrumba/Muchos pensamientos me nublan la visión que tengo sobre ti/Aún así, continuas sonriéndome, y a eso, sólo puedo agradecerte infinitamente/Aún tienes un espíritu inocente/No lo sé, pero todo es muy difícil para mí…

Este mundo cambiará, estoy seguro, así como también lo harán nuestros pensamientos/¿No ves que sólo hay cosas difíciles entre nosotros?/A veces evito mirarte tus hermosos ojos…/¿No lo has sentido? Eso sí, no pienses nunca que es porque ya no te quiero…

Desde que comencé a verte, las preocupaciones han poblado mi cabeza/Desde que comencé a quererte, sólo suspiro cuando pienso en ti/Tus hermosos ojos me hacen sentir tan feliz/Cuando tomo tus manos, comienzo a soñar que sueño/Cuando me besaste en la mejilla aquella vez/Sentí que todo el mundo me pertenecía/Sólo quería tenerte cerca mío, quererte/Pero en este mundo…

Historia con Etiqueta (2)

martes, abril 29, 2008

La ciudad es muy grande, demasiado para nuestras necesidades. Recorría algunos metros para tocar tu timbre, decirte un hola un tanto apagado por las horas a las que iba –no antes de las seis pero tampoco pasando de las siete de la mañana- te traía un jugo de naranja bien frio los lunes, una flor de cualquier índole –menos girasoles, de esas no me gustan- los martes, los miércoles amanecíamos con los periódicos de circulación nacional, mientras que los jueves te llevaba el suplemento para niños, más una copia extra, para ver quién resolvía más rápido el laberinto que ponían en la última hoja –con premio para el que lo terminara, claro-. Los viernes eran especiales, tal vez porque no llevaba nada. El premio del laberinto siempre me lo tenías que dar tú.

Ahora que no estamos juntos, recuerdo con ternura aquellos apodos que nos poníamos, algunos hirientes, algunos con sentido, otros para esperar una respuesta y los demás. Me divertía estar al otro lado de la pantalla, con el centelleo del símbolo del texto en blanco, aguardando una réplica tuya sobre tu nuevo apodo, aquel que el mundo vio nacer entre los códigos ASCII, alguna idea pícara y todo mi cariño. Intentando adivinar, me imaginaba tu cara atónita ante el ruido de los altavoces, aquel timbre característico de una respuesta y, metiéndome en el campo fantástico, hice que tus ojos brillaran de emoción, tus manos se movieran nerviosas, haciendo que te equivoques cada dos letras que escribías; hice que tu cabello se moviera lentamente, en un susurro, para cubrirte uno de los ojos, el que brillaba más, para que volvieras a tu estado normal, de cerquillo pronunciado, de mirada fulminante, de aliento a rosas. Bonito, me dijiste, pero el que te puse yo quedará por siempre. Y fue así, carajo.

Fue así.

Foto

domingo, abril 27, 2008

"Recuerdo cuando la tomaste del hombro, tu brazo parecía un ala enorme, que la protegía.
Recuerdo que a la luz del fuego le dijiste que tomara una foto, que atrapara todas esas lindas figuras en un pedazo de papel especial.
Recuerdo que el flash rompió el encanto de la oscuridad y que tu ala se plegó un poco, a la vista de todos.
Recuerdo que, cuando la oscuridad volvió, hiciste que se agachara contigo y volviste a decirle que lo intente de nuevo, pero sin una luz adicional; bastaban las millones que se encontraban en el cielo.
Recuerdo que lo intentó de nuevo, y esta vez nadie se dio por enterado que las alas cubrieron una risa extraña, una risa diferente.
Recuerdo que sus ojos brillaron como nunca y que le pedían a gritos otra foto.
Recuerdo que las alas se hicieron transparentes para tomarla.
Recuerdo que las dos fotos, al volver, salieron tan negras como los pozos que ahora nos separan.
Recuerdo que prometimos compartir esa foto, si es que salía clara, con todo aquel que creyera en la felicidad.

Y no salió.

Aun así, sonreí y te dije que podríamos volver a intentarlo.

Recuerdo que aun espero tu respuesta."

Zigmar

sábado, abril 26, 2008

Hola, Cuelga, quiero hablar con la constestadora, Pero, Pero nada, tú cuelga, o cuelgo yo y lo único que oirás será el pequeño lamento entrecortado de este aparatucho. Zigmar colgó el teléfono. Volvió a sonar, Habla Zigmar, en este momento no te puedo contestar, debido a que no me encuentro en casa o estoy haciendo algo de extrema importancia, por favor, si gustas, deja tu mensaje y con gusto te contestaré, Hola, habla Mónica. Hace tiempo que no hablamos Zigmar.

Un silencio se apoderó de la cinta donde se guardaba la conversación, o es lo que suponía Mónica.

Quiero decirte que me voy de viaje. Sí, es la excusa de siempre. Siempre está la maleta ahi, y tu vienes a desempacarla luego de un tiempo. Tal vez esto vuelva a ser así.

Siempre he soñado con viajar, recorrer el mundo, ver cómo es que las personas logran sobrevivir a ellas mismas en otros parajes, otros rincones, otros amores, otras caricias, otros sabores. Otros horizontes.

Mi destino está fijado. Sé que no crees en él, y hablo del destino propiamente dicho, no de mis acciones futuras. Y la finalidad de esto es alcanzar la felicidad. Sí, sé que también piensas que la felicidad no es un fin, sino una consecuencia, pero qué más dá.

Te escucharé pero no asimilo. Lo siento.

Y bueno. Hoy ha sido un dia horrible, como todos estos que he estado sin teléfono. Casi una semana. Mi aislamiento del mundo involuntario fue tan eficaz, que ahora es a duras penas que logro reconocer los pequeños dígitos que diferencian a un número corriente con el que desbloquea la mayoría de mis secretos. Sí, un número.

Recuerdo que alguna vez quisiste enseñarme el hexadecimal. Nunca supe al fin de dónde salían tantas letras y números. Sí, sé que vivirás de eso en el futuro, pero qué más dá.

No estoy para andar decodificando cosas que doy por hechas, o que simplemente ya sé qué contendrán.

Pero te doy gracias por ello.

A ver cuando te llamo de nuevo para que desempaquemos. Si es que esta vez no me deja el avión por tu culpa.

Como todas las veces.

En eso, se escucha una respiración y una voz que dice a lo lejos, Así también como todas las veces que te engaño a la hora de contestarte. Cuántas veces tengo que decirte que no tengo contestador, Tal vez se me olvidó, Como todas las veces, Como todas las veces, Adiós, Adiós.